Hotel Bauen: un ejemplo de autogestión en pleno centro de Buenos Aires | Carro de combate

n el número 360 de la calle Callao, en pleno centro de la Capital Federal de Buenos Aires, se alza el Hotel Bauen, con sus 200 habitaciones y su porte distinguido. Pero el Bauen es algo más: es un símbolo del movimiento de empresas recuperadas desde que hace justo diez años sus empleados decidieron afrontar el cierre del hotel ocupándolo y constituyéndose en una cooperativa autogestionada.

Eran tiempos de la aguda crisis de 2001, que había acelerado un proceso que ya venía de atrás: la quiebra del modelo productivo y el brutal aumento del desempleo, que llegaba al 30%. El movimiento de empresas recuperadas experimentó un auge sin precedentes. Y, aunque muchas quedaron en el camino, se estima que unas 300 empresas recuperadas en todo el país emplean a 12.000 trabajadores. Muchas son pymes, pero también hay grandes consorcios, como Zanon, que produce cerámica para suelos en la provincia de Neuquén y emplea a 3.000 personas.

No ha sido un camino fácil para los 60 trabajadores que empleaba en aquel momento el Bauen -hoy son 140-. El patrón no les pagó indemnizaciones y, poco después del cierre, descubrieron que durante tres años no hizo los aportes para la Seguridad Social que sí les descontaba de sus nóminas. La gota que colmó el vaso fue comprobar que, mientras se declaraban insolventes, los dueños se llevaban por la puerta de atrás el mobiliario del hotel.

A diferencia de las empresas, en el hotel quedaba lejos el concepto de lucha de clases; pero la situación se hacía insostenible. Y un día les visitó un representante del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas, con un grupo de abogados, y un lema: “Ocupar, resistir y producir”. Un buen día llegó el momento de la ocupación. El juez Gallardo, favorable a este tipo de intervenciones, les otorgó un permiso permanente del tercer piso para abajo, según cuenta Diego Duarte, uno de los trabajadores que participó de la toma. Y así comenzó una larga lucha: durante meses, unas diez o 15 personas resistían 24 horas, siete días por semana. Al principio, con pésimas condiciones; después, se fueron organizando, y decidieron trocar el uso de las salas por comida, medicamentos y los arreglos que el hotel iba necesitando.

El empujón definitivo vino de la mano de Hugo Chávez en 2005: el fallecido presidente venezolano decidió alojar en el hotel a más de 60 niños de la filarmónica Simón Bolívar, durante 60 días. El pago por anticipado permite a los trabajadores realizar mejoras en tres pisos y colocar internet y líneas telefónicas. “Ahí aparece la pregunta de por qué el Gobierno de Venezuela hizo más por ayudarnos que el de nuestro país”, apunta Diego.

Política contradictoria

Lo cierto es que el gobierno de Néstor Kirchner, y el de Cristina Fernández después, han tenido una actitud un tanto contradictoria frente a las fábricas recuperadas. Han aprobado leyes valientes, como la Ley de Quiebras, que permite a los trabajadores comprar maquinaria con créditos laborales -resultantes de la deuda por salarios e indemnizaciones impagadas-, pero siguen colocando muchas piedras burocráticas en el camino.

Los trabajadores autogestionados no están reconocidos en ninguna categoría estadística, así que deben acogerse al régimen de monotributistas -similar al de autónomos en España-, pero reciben una protección social más débil que los asalariados. Otra cuestión muy grave para las empresas recuperadas es la dificultad de acceder a créditos a un interés razonable. “Todas las cooperativas tenemos el mismo problema: faltan herramientas institucionales”, afirma Diego.

Además, el desalojo sigue siendo una espada de Damocles permanente, porque, aunque llevan años solicitándolo, la cooperativa no ha conseguido la expropiación del hotel. Esto podría cambiar: la Justicia federal ha comenzado a investigar si, como creen los trabajadores, los dueños legales, los empresarios Iurkovich, defraudaron al Estado nacional en connivencia con la dictadura militar, pues nunca devolvieron los créditos que se les concedió para construir el hotel para el Mundial de 1978.

Un cambio ético

“Si, a pesar de tantas desventajas legales, las empresas recuperadas pudieron subsistir, sostenerse y crecer, es porque están produciendo algo nuevo que vale la pena analizar”, afirma Victoria Deux, economista y profesora de la Universidad de Rosario. La clave está en el desarrollo local: “Además de generar trabajo e ingresos, se vinculan a las necesidades de la comunidad donde están radicadas y facilitan la articulación con las administraciones”, explica Deux.

El cooperativismo implica también un cambio más profundo. Así lo resume Marcelo Duarte, otro de los trabajadores de la cooperativa Bauen: “Hubo sinsabores en el camino: el capitalismo ha calado muy fuerte y cuesta cambiar; pero nosotros ya no somos los mismos. Estos diez años de cooperativismo han sido años de un enorme enriquecimiento humano“. Porque, puntualiza Diego, el cooperativismo supone “rescatar esos espacios donde el trabajo puede tener ocio, cultura, realizar tareas en equipo y ser solidario”.

El trabajador como sujeto, y no como objeto. La solidaridad por encima de la competencia. De algún modo, las cooperativas acarician el sueño de que otra economía es posible, y, al poner en práctica ese sueño, fuerzan a una reflexión conjunta de toda la sociedad.

* Publicado en elmundo.es.

vía Hotel Bauen: un ejemplo de autogestión en pleno centro de Buenos Aires | Carro de combate.

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